
Por mucho tiempo la geopolítica enfrentó al capitalismo y el socialismo. Eso fue la guerra fría. Ahora que el capitalismo se universalizó (a veces con matices socialistas) emerge de nuevo el conflicto que produjo dos guerras mundiales: entre el autoritarismo y la democracia. Ese es quizá un choque más profundo. El autoritarismo tiene la fuerza de la tradición; está hondamente arraigado en la historia y la psique humanas desde el inicio de los tiempos. La democracia, concebida en la antigua Grecia, se mantuvo latente por más de dos mil años antes de eclosionar en la era moderna. Es una recién llegada en la historia. El autoritarismo actual tiene un adalid sin el carisma de Hitler, pero con el mayor arsenal atómico del mundo. Sus comparsas no son Italia ni Japón, sino más bien Bielorrusia, Hungría, Venezuela, Nicaragua… pero tiene el mayor arsenal atómico del mundo, además de inmensas reservas de petróleo. La democracia, hoy por hoy, no tiene un adalid. Salvo por su poder económico, las democracias están en una posición débil. Las decisiones que toman un minuto en Moscú tardan semanas en Occidente. La OTAN es un monstruo torpe e imprudente, que ha querido acorralar a una fiera sin escrúpulos. China, con cautela confuciana, se mantiene al margen, cuidando su negocio. La crueldad autoritaria se ensaña ahora con el pueblo ucraniano. Poco se puede hacer al respecto sin desatar un holocausto nuclear. Solo cabe esperar que esto acabe pronto y que no pase a más. Y tener clara la necesidad de luchar en todos los frentes (incluso dentro de nosotros mismos) contra la gran amenaza, el verdadero enemigo de la dignidad humana, que procura extender sus tentáculos por todo el planeta: el autoritarismo. Esa es la batalla.