Un nuevo orden mundial cobra forma ante nuestros ojos. Esta vez no se requirió (por suerte, hasta el momento) una guerra mundial abierta para ello. Bastaron unas elecciones en los Estados Unidos. Se configuran tres bloques separados de poder económico, político y militar: China, Europa y los Estados Unidos, con importantes actores secundarios como Rusia e India. Latinoamérica, desintegrada como siempre, observa desde lejos. Sabe que de ahora en adelante no puede confiar en los Estados Unidos como lo ha hecho siempre. Lo supieron primero México y Panamá, pero la lección es para todos. Toca multiplicar la diplomacia, tejiendo lazos comerciales y estratégicos en todas las direcciones. A quienes creemos en la democracia y los derechos humanos nos queda mirar hacia Europa, donde esos valores todavía conservan vigencia. Se viene una era de autoritarismo y crueldad. Habrá que aprender a vivir con eso. Así como se ha venido hablando de adaptación al cambio climático, habrá que adaptarse al cambio político. Aprendamos y preparémonos para resistir.
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Transformación
Sé que lo que voy a decir escandalizará a mis amigos economistas, y no solo a ellos. Pero también sé que muchas mentes, mejor amuebladas que la mía, lo están pensando en todo el mundo: Es hora de abandonar el crecimiento económico como meta del desarrollo. Primero, porque el crecimiento indefinido es utópico en un planeta de recursos finitos. Segundo, porque la fijación en el crecimiento nos ha llevado a un mundo profundamente injusto y dividido. Y tercero porque, como consecuencia de lo anterior, urge invertir todos los esfuerzos en la transformación de las economías hacia la equidad y la sostenibilidad. En esa transformación unos sectores crecerán y otros no, unos países – los más pobres – deberán crecer, otros no, pero el crecimiento como tal deja de ser la meta. Es más: se le debe considerar, donde haga falta, como un mal necesario. Y se debe aplaudir a las sociedades que alcancen una mejor calidad de vida, social y ambiental, aunque su producción decrezca. Pero no se trata en absoluto de reducir esfuerzos. Todo lo contrario. La transición hacia economías equitativas y sostenibles demanda nuestros mejores empeños y no pocos sacrificios. Pero la alternativa es seguir avanzando hacia el precipicio.
Nombres de poetas
Si, como afirma el griego en el Cratilo,
Jorge Luis Borges
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa,
y todo el Nilo en la palabra Nilo
Hace algún tiempo me llamó un amigo poeta para invitarme a participar en uno de sus talleres de poesía. Le di las gracias y le dije que prefiero ser un buen lector, en el mejor de los casos, que ser un mal poeta. No solo por falta de talento, sino porque además (esto no se lo dije) no tengo nombre de poeta, y eso, a mi juicio, es un requisito indispensable para escribir buena poesía. El autor de los espléndidos versos que validan esta nota tenía nombre de poeta. Al pasar la lista de asistencia, su maestra escolar lo llamaba por un nombre original, eufónico, casi musical: Jorge Luis Borges. Estoy convencido de que si se hubiera llamado Mario Ramírez o Alberto Pérez o, para el caso, Carlos Echeverría, jamás hubiera escrito un buen poema. También creo que mucho del talento de Octavio Paz le vino de sus padres, que lo bautizaron Octavio Paz. Con ese nombre sellaron su destino. Uno no se puede llamar Octavio Paz y no ser buen poeta. Es por eso que Ricardo Neftalí Reyes, que no recibió la misma gracia de sus padres o del destino, tuvo el genial acierto de hacerse llamar Pablo Neruda, un nombre de poeta telúrico y vital, como el que él quiso ser. Y no fue el único poeta chileno de nombre transmutado. Gabriela Mistral se llamaba en realidad Lucila Godoy Alcayaga. Nadie valoró más la musicalidad de las palabras o el latido interior de nuestro idioma que José Lezama Lima, cuyo nombre es un verso. ¿Sigo? ¿Debo decir que en el nombre de Rubén Darío anida una emoción melancólica? ¿O, yendo más atrás, que el apellido Góngora contiene ya los genes del Barroco? Pero, naturalmente, el hecho no ocurre solo en nuestra literatura. La poesía épica y viril de Walt Whitman solo pudo escribirla alguien que se llamara Walt Whitman. El nombre Rainer Maria Rilke es casi un poema lírico en sí mismo. Y a mí, por lo menos, el nombre Charles Baudelaire me suena a cierta embriaguez verbal y existencial. En las raíces de la poesía occidental, una palabra basta para hacer un gran nombre: Homero, Virgilio, Dante. Revisen ustedes la historia. Comprobarán sin dificultad cuánta razón tenía Platón, y por qué nunca escribió poemas.
La expropiación de las consciencias
La cultura contemporánea amenaza, más que ninguna otra en la historia, la supervivencia del ser interior de las personas. Ese proceso comenzó con la secularización de la cultura occidental en el Renacimiento. Mientras el hombre tuvo a Dios como una referencia esencial en su vida, estuvo siempre obligado a mirar dentro de sí, ejerciendo sobre su propio fuero interno una vigilante mirada, impuesta por su subordinación a la divinidad. La necesidad de dar continuidad a la relación con Dios hacía que la consciencia del pecado, su confesión y expiación, fueran un mecanismo cotidiano de autoanálisis, cuado menos en la civilización cristiana.
Con el humanismo renacentista, Occidente entró en una etapa que podría llamarse “narcisista” de su desarrollo cultural. Al vivirse en y para sí mismo –y cada vez menos en función de lo que entendía como la voluntad divina- el hombre occidental empieza a degradar la dimensión espiritual de su existencia, hasta enfrentarse a un espejo que solo le devuelve su propia imagen, llena de enigmas sin solución. Condenado a hallarle sentido a la vida, pero incapaz de encontrar una respuesta en la religión, el hombre moderno inicia una larga marcha intelectual hacia su yo interior, que culmina en el psicoanálisis y las diversas técnicas de introspección psicológica del siglo XX. A pesar de todo el progreso científico, sin embargo, el final de este siglo encontrará a la humanidad con un alto dominio sobre el mundo material, pero profundamente desconcertada sobre el sentido profundo de la existencia personal.
Conforme las religiones fueron perdiendo su dominio sobre la cultura, en el último medio milenio, la vida del espíritu fue concentrándose en el ámbito de las artes. La música, la literatura y las artes plásticas vivieron un espléndido florecimiento en los últimos 500 años de la historia occidental. Pocas épocas conoce la humanidad, si alguna, de tal riqueza y creatividad en lo artístico. Pero, al aproximarse el fin de siglo XX, todas las artes declinan. Cual más, cual menos, van configurándose en lenguajes y meta-lenguajes que solo una ínfima minoría apetece, aunque no siempre los comprenda. Bajo el asedio de la fuerzas del mercado, las artes van
adquiriendo un carácter cada vez más formalista, hasta llegar a reducirse – salvo contadas excepciones – a un conjunto de juegos formales que compiten por la aceptación de los entendidos.
En suma: la espiritualidad humana se ha quedado prácticamente sin hogar. Las religiones no pueden rebasar sus tradicionales círculos de influencia, que se limitan a aquellas personas con una predisposición psicológica a aceptar los dogmas, las jerarquías y los rituales que toda religión lleva consigo. La abrumadora mayoría de la humanidad occidental no vive del todo la experiencia religiosa, o lo hace de modo banal y superfluo. Las artes, como hemos visto, se convierten día a día en cosa de grupúsculos. Los tesoros artísticos del pasado – excepto algunas composiciones literarias y musicales – se han convertido en fetiches, objetos de codicia y adoración por su valor de mercado antes que en instrumentos para entrar en contacto con lo más hondo de la naturaleza humana. Aun la experiencia amorosa, en la que el individuo siente la necesidad de sacar lo mejor de sí para ser aceptado, y luego se enfrenta al reflejo que el otro le devuelve de su propio ser, ha quedado reducida, por la fuerza de los estereotipos, a una sola de sus dimensiones: la seducción. En los grupos de altos ingresos de las sociedades urbanas, el sillón del psiquiatra ha venido a ser casi el único territorio de encuentro con el propio yo.
El tiempo, la atención y la energía de los adultos son absorbidos por el trabajo y el consumo. Merced a los medios electrónicos, cantidades masivas de información amenazan con reducir a nada el verdadero tiempo libre – el tiempo en libertad – el ocio creativo, la oportunidad de estar a solas consigo mismo. Ese caudal inmenso de información sobre todo cuanto sucede en el planeta, y que solo en pequeña medida tiene que ver con la vida real de cada uno de nosotros, amenaza con tomar posesión completamente de nuestras consciencias, en donde no quedará ya espacio sino para saber algunos datos elementales sobre nosotros mismos.
¿Qué hacer? Evidentemente, hay que rebelarse contra esa expropiación de las consciencias. Cada uno tiene que dar su propia lucha por la recuperación de su espacio interior. Para esto no hay recetas, pero existe al menos una clave, la verdadera piedra filosofal: el silencio.
Documental Louis Féron
Louis Féron fue un orfebre y escultor francés que vivió en Costa Rica de 1934 a 1945, y entre otras cosas hizo el mural del Salón Dorado del actual Museo de Arte Costarricense, antes de seguir su exitosa carrera en los Estados Unidos. Con el apoyo de un grupo de amigos, Francisco Zamora y yo hicimos este cortometraje para dar a conocer su obra y su figura. Esperamos que lo disfruten.
Geopolítica

Por mucho tiempo la geopolítica enfrentó al capitalismo y el socialismo. Eso fue la guerra fría. Ahora que el capitalismo se universalizó (a veces con matices socialistas) emerge de nuevo el conflicto que produjo dos guerras mundiales: entre el autoritarismo y la democracia. Ese es quizá un choque más profundo. El autoritarismo tiene la fuerza de la tradición; está hondamente arraigado en la historia y la psique humanas desde el inicio de los tiempos. La democracia, concebida en la antigua Grecia, se mantuvo latente por más de dos mil años antes de eclosionar en la era moderna. Es una recién llegada en la historia. El autoritarismo actual tiene un adalid sin el carisma de Hitler, pero con el mayor arsenal atómico del mundo. Sus comparsas no son Italia ni Japón, sino más bien Bielorrusia, Hungría, Venezuela, Nicaragua… pero tiene el mayor arsenal atómico del mundo, además de inmensas reservas de petróleo. La democracia, hoy por hoy, no tiene un adalid. Salvo por su poder económico, las democracias están en una posición débil. Las decisiones que toman un minuto en Moscú tardan semanas en Occidente. La OTAN es un monstruo torpe e imprudente, que ha querido acorralar a una fiera sin escrúpulos. China, con cautela confuciana, se mantiene al margen, cuidando su negocio. La crueldad autoritaria se ensaña ahora con el pueblo ucraniano. Poco se puede hacer al respecto sin desatar un holocausto nuclear. Solo cabe esperar que esto acabe pronto y que no pase a más. Y tener clara la necesidad de luchar en todos los frentes (incluso dentro de nosotros mismos) contra la gran amenaza, el verdadero enemigo de la dignidad humana, que procura extender sus tentáculos por todo el planeta: el autoritarismo. Esa es la batalla.
China, roja y verde
La empresa Bloomberg, que observa los grandes negocios y las grandes fortunas del mundo, hace una lista de los 15 mayores “multimillonarios verdes” del planeta. Se trata de empresarios que invierten sobre todo en la fabricación de vehículos eléctricos, baterías para esos vehículos y energía solar. De los quince, solamente tres no son chinos. A la cabeza de todos está el norteamericano Elon Musk, nacido en Sudáfrica, en este momento el hombre más rico del mundo, cuya fortuna sobrepasa por mucho a las de Jeff Bezos, Bill Gates, Mark Zuckerberg & Cía. Ajustada por inflación, su riqueza equivale a la de John D. Rockefeller en su mejor momento, que había hecho su dinero explotando petróleo. El siguiente no-chino en la lista, Leo KoGuan, también es ciudadano norteamericano, aunque nació en Indonesia. Está en el décimo lugar, e ingresó en la lista precisamente por las acciones que posee en Tesla, la empresa creada por Musk. El otro no-chino es el australiano Anthony Pratt, que produce papeles y empaques reciclados.
Es claro que el mundo no es como lo imaginábamos. Si bien los grandes desarrollos tecnológicos se siguen dando en Occidente, el verdadero motor de la economía mundial es China, y es esa nación de gobierno comunista, al mismo tiempo cuna de grandes empresarios, la que lidera los cambios industriales para mitigar el calentamiento global. El reciente acuerdo entre China y los Estados Unidos para trabajar juntos contra el cambio climático es una de las pocas buenas noticias que hemos conocido en estos días, en que el tiempo en Glasgow ha estado nublado, frío y un tanto estéril.

Maniqueísmo

El término se origina en la doctrina del filósofo persa Mani, del siglo III de nuestra era. Mani veía la vida como una lucha constante entre el bien y el mal, representados en la luz y la tiniebla. En los tiempos modernos el término se ha generalizado para designar una visión dualista de la realidad, para la cual no hay términos medios: una cosa, idea o persona es buena o mala, y punto. Si uno lee las redes se percata de que están inundadas de maniqueísmo. Tal como hoy se practica, se trata de una posición intelectualmente fácil y moralmente cómoda. Existen sólo los malos y los buenos. Yo, por supuesto, soy bueno, y también lo son quienes piensan como yo. Los demás son malos, cuando no malísimos. Ante una idea determinada, no tengo que detenerme a pensar mucho. Veo de quién viene, o cómo me suena, y de inmediato la clasifico como buena o mala. Y así voy por la vida muy confortablemente, juzgando todo sin esforzarme mucho. El problema con el maniqueísmo es que resulta paralizante, para las personas y para las sociedades, porque en ese clima el pensamiento no se desarrolla sino que se empobrece. La verdad siempre está en los matices, no en lo blanco o lo negro. Si no penetramos en los matices corremos el riesgo de quedar con la mente en blanco, o en negro. Ya bastante hemos sufrido las consecuencias de esa ceguera. Los retos que tenemos por delante nos exigen abrir los ojos y el pensamiento, no obcecarnos en prejuicios ni en ideas fijas.