La expropiación de las consciencias

La cultura contemporánea amenaza, más que ninguna otra en la historia, la supervivencia del ser interior de las personas.  Ese proceso comenzó con la secularización de la cultura occidental en el Renacimiento. Mientras el hombre tuvo a Dios como una referencia esencial en su vida, estuvo siempre obligado a mirar dentro de sí, ejerciendo sobre su propio fuero interno una vigilante mirada, impuesta por su subordinación a la divinidad.  La necesidad de dar continuidad a la relación con Dios hacía que la consciencia del pecado, su confesión y expiación, fueran un mecanismo cotidiano de autoanálisis, cuado menos en la civilización cristiana.

Con el humanismo renacentista, Occidente entró en una etapa que podría llamarse “narcisista” de su desarrollo cultural.  Al vivirse en y para sí mismo –y cada vez menos en función de lo que entendía como la voluntad divina- el hombre occidental empieza a degradar la dimensión espiritual de su existencia, hasta enfrentarse a un espejo que solo le devuelve su propia imagen, llena de enigmas sin solución.  Condenado a hallarle sentido a la vida, pero incapaz de encontrar una respuesta en la religión, el hombre moderno inicia una larga marcha intelectual hacia su yo interior, que culmina en el psicoanálisis y las diversas técnicas de introspección psicológica del siglo XX.   A pesar de todo el progreso científico, sin embargo, el final de este siglo encontrará a la humanidad con un alto dominio sobre el mundo material, pero profundamente desconcertada sobre el sentido profundo de la existencia personal.

Conforme las religiones fueron perdiendo su dominio sobre la cultura, en el último medio milenio, la vida del espíritu fue concentrándose en el ámbito de las artes.  La música, la literatura y las artes plásticas vivieron un espléndido florecimiento en los últimos 500 años de la historia occidental.  Pocas épocas conoce la humanidad, si alguna, de tal riqueza y creatividad en lo artístico. Pero, al aproximarse el fin de siglo XX, todas las artes declinan.  Cual más, cual menos, van configurándose en lenguajes y meta-lenguajes que solo una ínfima minoría apetece, aunque no siempre los comprenda.   Bajo el   asedio  de   la  fuerzas  del   mercado,  las  artes  van

adquiriendo un carácter cada vez más formalista, hasta llegar a reducirse – salvo contadas excepciones – a un conjunto de juegos formales que compiten por la aceptación de los entendidos.

En suma:  la espiritualidad humana se ha quedado prácticamente sin hogar.  Las religiones no pueden rebasar sus tradicionales círculos de influencia, que se limitan a aquellas personas con una predisposición psicológica a aceptar los dogmas, las jerarquías y los rituales que toda religión lleva consigo.  La abrumadora mayoría de la humanidad occidental no vive del todo la experiencia religiosa, o lo hace de modo banal y superfluo.  Las artes, como hemos visto, se convierten día a día en cosa de grupúsculos.  Los tesoros artísticos del pasado – excepto algunas composiciones literarias y musicales – se han convertido en fetiches, objetos de codicia y adoración por su valor de mercado antes que en instrumentos para entrar en contacto con lo más hondo de la naturaleza humana.  Aun la experiencia amorosa, en la que el individuo siente la necesidad de sacar lo mejor de sí para ser aceptado, y luego se enfrenta al reflejo que el otro le devuelve de su propio ser, ha quedado reducida, por la fuerza de los estereotipos, a una sola de sus dimensiones:  la seducción.  En los grupos de altos ingresos de las sociedades urbanas, el sillón del psiquiatra ha venido a ser casi el único territorio de encuentro con el propio yo.

El tiempo, la atención y la energía de los adultos son absorbidos por el trabajo y el consumo.  Merced a los medios electrónicos, cantidades masivas de información amenazan con reducir a nada el verdadero tiempo libre – el  tiempo en libertad – el ocio creativo, la oportunidad de estar a solas consigo mismo.  Ese caudal inmenso de información sobre todo cuanto sucede en el planeta, y que solo en pequeña medida tiene que ver con la vida real de cada uno de nosotros, amenaza con tomar posesión completamente de nuestras consciencias, en donde no quedará ya espacio sino para saber algunos datos elementales sobre nosotros mismos.

¿Qué hacer?  Evidentemente, hay que rebelarse contra esa expropiación de las consciencias.  Cada uno tiene que dar su propia lucha por la recuperación de su espacio interior.  Para esto no hay recetas, pero existe al menos una clave, la verdadera piedra filosofal:  el silencio.